Nuevas formas de clientelismo político

Autor Congresistas
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*El clientelismo político está cambiando de rostro. El modelo tradicional se ha transformado en un moderno clientelismo institucionalizado, desarrollando sofisticados mecanismos de dominación y consenso. Así lo demuestra la reciente publicación: *Servidores de la Nación. La Operación Política del Gobierno de la 4T, de Rafael Hernández Estrada, que presentamos este fin de semana en la FIL de Guadalajara. La obra constituye una radiografía perfectamente documentada de la estructura clientelar sobre la que se sustenta el actual gobierno.

Se trata del aparato político y electoral del Primer Mandatario coordinado por los superdelegados designados en cada entidad federativa quienes llevan a cabo una permanente –e ilegal– promoción personalizada del presidente, su partido y sus candidatos. Es una pesada estructura burocrática que maneja discrecionalmente más de 220 mil millones de pesos anuales, equivalentes a todos los recursos del Fondo Nacional de Desastres Naturales, casualmente muy cercanos a los salvajes recortes aplicados durante 2019 al gasto público que afectaron gravemente a diferentes sectores estratégicos de nuestro desarrollo social.

El clientelismo político representa una transacción de favores por votos. Es un modo de ejercicio del poder y una práctica manipuladora de intercambio de dinero, obra pública o programas sociales por apoyo político. Muchas veces es forzado por las precarias circunstancias en que se encuentran distintas comunidades en las regiones más pobres del país. El clientelismo político es un mecanismo para la artificial adquisición de consensos mediante la compra y venta de ventajas institucionales.

En su forma tradicional es vertical y desciende del político hacia el elector en lo individual representando un trueque de tipo instrumental, donde el funcionario se presenta como un “patrón” con estatus de poder más elevado que utiliza su influencia y recursos para ofrecer protección o ventajas a una persona de estatus inferior. A su vez, “el cliente” brinda apoyo específico, en este caso, su voto, existiendo una reciprocidad directa, interpersonal y desigual. Durante mucho tiempo este tipo de clientelismo representó un intercambio caracterizado por formas rituales de disponibilidad.

Actualmente, se observan nuevas formas de clientelismo político como prácticas horizontales que involucran a importantes grupos sociales. Pretende ser moderno, de masas, organizado, eficiente y planificado centralmente. Proyecta relaciones altamente sofisticadas que operan a nivel del sistema político en su conjunto. Este clientelismo masivo se desarrolla a partir de la organización del partido en el poder como “máquina electoral” donde los gobernantes disponen de información que les permite medir, comparar costos y beneficios del intercambio político.

El clientelismo moderno establece un vínculo que no es simétrico sino de dominación y subordinación entre la masa y el poder político, una relación motivada por compensaciones materiales y simbólicas. Representa un intercambio de favores donde los empleados públicos regulan la concesión de prestaciones obtenidas a través de su encargo o de contactos relacionados con él, a cambio de apoyo electoral.

En este nuevo sistema el poder sobre las decisiones de la administración pública se utiliza para producir beneficios para los grupos subordinados, que son beneficiarios directos de los grandes recursos provenientes del Estado. Esta relación incluye, también, la amenaza de utilizar esa capacidad de decisión para perjudicar a los disidentes o a quienes no colaboran con el gobierno. El clientelismo de masas surge de la necesidad de integrar en el sistema político el comportamiento instrumentalizado de numerosos grupos sociales bajo las formas antidemocráticas de ejercicio del poder que se han instaurado en México.

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