Educar para un futuro que ya llegó

Autor Congresistas
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Elio Villaseñor

«La educación es el arma más poderosa
que puedes usar para cambiar el mundo».
— Nelson Mandela

En estos días, la educación volvió a colocarse en el centro del debate público. No debería ser un tema pasajero: se trata de una prioridad nacional tan importante como la seguridad, la salud, la economía o la justicia.

Los resultados de PISA 2025 tendrían que provocar una verdadera sacudida como país y llevarnos a preguntar: ¿Cómo estamos preparando a las nuevas generaciones para enfrentar un mundo transformado por la tecnología, la inteligencia artificial, el cambio climático y la incertidumbre económica?

Una señal que no podemos ignorar

El Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes, conocido como PISA, analiza las capacidades de los jóvenes de 15 años para utilizar sus conocimientos de lectura, matemáticas y ciencias en la resolución de situaciones de la vida cotidiana.

En México, la muestra de PISA 2025 estuvo integrada por:

  • 7,843 estudiantes de 15 años.
  • 297 escuelas.
  • Una representación aproximada de un millón 581 mil jóvenes.
  • Cerca del 69% del total de la población de 15 años del país.

Los resultados muestran la dimensión del desafío educativo.

En lectura, solamente alrededor de cinco de cada diez estudiantes alcanzan el nivel básico para identificar la idea central de un texto, localizar información y reflexionar sobre su propósito.

En matemáticas, apenas tres de cada diez pueden resolver situaciones sencillas, como comparar rutas o convertir precios. México obtuvo 388 puntos, siete menos que en 2022 y su resultado más bajo desde 2006.

En ciencias, aproximadamente cinco de cada diez jóvenes pueden reconocer explicaciones de fenómenos conocidos e interpretar datos básicos. En esta materia, México obtuvo 414 puntos, una ligera mejoría respecto a 2022. En lectura alcanzó 408 puntos. En las tres áreas, nuestro país continúa por debajo del promedio de la OCDE.

Además, el 41.8% de los estudiantes evaluados quedó por debajo del nivel básico en las tres áreas simultáneamente. Es decir, alrededor de 42 de cada 100 jóvenes no alcanzaron las competencias mínimas en lectura, matemáticas ni ciencias.

Detrás de estas cifras existen rostros, historias y proyectos de vida.

Son jóvenes que, si no reciben las herramientas necesarias, enfrentarán mayores dificultades para continuar estudiando, incorporarse dignamente al mundo laboral, comprender su entorno y ejercer plenamente su ciudadanía.

Un termómetro, no una sentencia

PISA no explica por sí sola toda la complejidad de la educación en México. Ninguna evaluación puede medir completamente las capacidades, los contextos y las aspiraciones de millones de estudiantes.

Sin embargo, sus resultados funcionan como un termómetro que permite reconocer avances, rezagos y desigualdades.

Por ello, no deberíamos ocultarlos, minimizarlos, ni utilizarlos solamente para repartir culpas.

Tampoco basta con afirmar que todo marcha bien. Lo más responsable sería preguntarnos qué está sucediendo en nuestro sistema educativo y qué podemos hacer para mejorarlo.

Necesitamos abrir espacios de diálogo entre autoridades, docentes, estudiantes, familias, universidades, organizaciones empresariales y sociedad civil.

El propósito debe ser construir un diagnóstico compartido y acordar metas concretas, medibles y de largo plazo.

La educación no puede cambiar de rumbo cada sexenio ni quedar atrapada en las diferencias partidistas.

Requiere continuidad, colaboración y un compromiso nacional que coloque en el centro el aprendizaje y el bienestar de las niñas, los niños y los jóvenes.

Las exigencias de un mundo en transformación

El desafío es todavía mayor porque el futuro ya llegó.

De acuerdo con el Informe sobre el futuro del empleo 2025 del Foro Económico Mundial, cerca del 39% de las habilidades laborales actuales se transformarán o quedarán desactualizadas hacia 2030. Entre las capacidades más demandadas aparecen el pensamiento analítico, la creatividad, la resiliencia, la alfabetización tecnológica y el aprendizaje permanente.

Ante esta realidad, nuestro sistema educativo necesita superar un modelo basado principalmente en la memorización. Las nuevas generaciones requieren aprender a:

  • Pensar críticamente, analizar información y formular preguntas.
  • Comprender lo que leen y comunicar claramente sus ideas.
  • Utilizar la tecnología y la inteligencia artificial para investigar, crear y resolver problemas.
  • Distinguir la información confiable de la manipulación y la desinformación.
  • Aprender de manera permanente y adaptarse a los cambios.
  • Trabajar en equipo y desarrollar creatividad e iniciativa.
  • Escuchar con empatía, manejar conflictos y cuidar de los demás.
  • Actuar con responsabilidad ética, social y ambiental.

No se trata únicamente de preparar trabajadores para responder a las necesidades del mercado.

La educación también debe formar personas capaces de construir su propio proyecto de vida, convivir con los demás, participar como ciudadanos y contribuir al bienestar de sus comunidades.

En un mundo cada vez más tecnológico, las capacidades profundamente humanas —la empatía, la creatividad, el pensamiento crítico, la solidaridad y el sentido de comunidad— serán igualmente indispensables.

Las capacidades requieren condiciones

No podemos exigir nuevas habilidades a los estudiantes si las escuelas carecen de las condiciones necesarias para desarrollarlas.

Por ello, el presupuesto educativo debe traducirse en prioridades concretas: conectividad y acceso equitativo a la tecnología; bibliotecas actualizadas; laboratorios y espacios para la experimentación; formación técnica vinculada con las necesidades de cada región, así como docentes capacitados, reconocidos y acompañados de manera permanente.

También es indispensable atender las profundas desigualdades sociales y territoriales.

No enfrenta las mismas condiciones un estudiante de una zona urbana con conexión a internet y recursos tecnológicos que otro de una comunidad rural o indígena donde faltan docentes, materiales, transporte o instalaciones adecuadas.

La tecnología, por sí sola, no resolverá estos problemas. Puede convertirse en una gran herramienta educativa, pero también puede profundizar las brechas si solamente tienen acceso a ella quienes cuentan con mayores recursos.

Una responsabilidad compartida

Transformar la educación será un esfuerzo de largo plazo. Exige coordinación entre gobierno y sociedad, una inversión pública suficiente y transparente, participación de las comunidades escolares y voluntad para evaluar los resultados y corregir aquello que no funciona.

La advertencia de Nelson Mandela conserva toda su fuerza: si la educación puede cambiar el mundo, debemos asegurarnos de que todas las niñas, los niños y los jóvenes tengan acceso a ella en condiciones de igualdad y con la calidad que necesitan.

Los resultados de PISA no deben servir para condenar a una generación, sino para despertar a un país.

Las consecuencias de posponer las decisiones no las vivirán solamente las autoridades actuales: las enfrentarán, principalmente, nuestros niños y jóvenes.

La pregunta de fondo es inevitable: ¿Estamos dispuestos, como gobierno y sociedad, a convertir la educación en una verdadera prioridad nacional y preparar a las nuevas generaciones para un futuro que ya llegó?

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