La democracia como dispersión y ruptura del poder

Autor Congresistas
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Patricio Álvarez Reyna

Sigo con la reseña del libro La Casa de la Contradicción. La democracia es lo contrario al ideal que el populismo cree: no traslada el poder del monarca o del caudillo, al Pueblo. La democracia es el fin del poder adherido a un cuerpo (ya se trate de una persona, de un gremio o de un estamento), es dispersión del poder, desgarramiento. No es la toma del poder por el Pueblo, que despoja al rey de su pedestal, sino su partición en trozos: es la separación de la ley, la ciencia y el poder, propone Jesús Silva-Herzog Márquez en su espléndido ensayo.

En democracia el poder no tiene un dueño: tiene muchos y es escurridizo. El enunciado “ya no me pertenezco”, como símbolo de transfiguración de un sujeto, que al obtener el triunfo en las urnas pasa a encarnar en un Pueblo –que sólo existe en su imaginación–, no tiene cabida en un régimen democrático; más precisamente: es imposible. El Pueblo no es un sujeto. Carece de voluntad única, de sentimientos, de unidad. El mandato que se da a un político en las urnas para ocupar un cargo público, en el Ejecutivo o el Legislativo, es una instrucción para ser parte de una representación. Los intereses de los votantes son inasibles, veleidosos, cambian asiduamente. Es decir, no hay Pueblo.

“Quien dice que el pueblo habla, pretende convertirlo en títere. Miente porque los deseos colectivos son contradictorios, porque cambian de un instante al siguiente, porque el desacuerdo, tan natural como el agua, rompe cualquier ilusión de unidad”. En este sentido, el voto es la decisión tomada en un momento que más tarde puede cambiar de dirección: nadie puede reclamarlo como de su propiedad. En consecuencia, subraya el ensayista: “La subversión del voto es más profunda de lo que se piensa: escenifica la imposibilidad del pueblo”.

Como el voto es caprichoso y el entramado institucional democrático es frágil y contradictorio, la democracia es el estado de la incertidumbre. Y tal estado de cosas choca, en grado importante, con la condición humana, que por instinto de supervivencia (lo lleva grabado en su genética) busca la seguridad, apela a la certidumbre. En consecuencia, dice el autor citando a Claude Lefort, es posible que dicha característica de la democracia incube, la tentación totalitaria. “Si la democracia es un problema, el totalitarismo se presenta como su solución más radical… Tras la revolución, un partido que comprende los dictados de la Historia se apropia del poder y condensa, en su núcleo, la ley y el saber. Ofrece así guía, estabilidad y certidumbre”.

Me parece que para ampliar y esclarecer este punto conviene acudir a la influyente pensadora y economista Carlota Pérez. En su insuperable ensayo Revoluciones tecnológicas y capital financiero: La dinámica de las grandes burbujas financieras y las épocas de bonanza, explica espléndidamente cómo en los ciclos económicos donde predomina el capital financiero, que antecede a trascendentes disrupciones tecnológicas, son épocas donde campea la incertidumbre y de cambios sociales dramáticos. En estos periodos, populismo y totalitarismo suelen aparecer como solución a la falta de certezas. Se combinan así la inseguridad económica y la incertidumbre democrática. Y, dichas circunstancias, tienden a concitar el apoyo de las mayorías.

La sensación de peligro y zozobra define a estas épocas. Retomo a Silva-Herzog: “El totalitarismo revive la ficción de la unidad que resulta tan antipática a la democracia liberal. No hay división en el pueblo ni hay distancia del Estado. La única separación que existe es la que se abre entre el pueblo y sus enemigos… Como sea, el totalitarismo es respuesta a la indeterminación democrática: una nostalgia de certeza”. Y cabe añadir que también son momentos en los que florecen los populismos, que vacilan entre la opción democrática y el totalitarismo.

Otra característica de la democracia que alimenta la tentación autoritaria es su propia dispersión del poder: la división de poderes, los órganos autónomos, las organizaciones de la sociedad civil, reparten el poder en muchas manos e intereses y parecen restar capacidad resolutiva a los políticos. Crea un vacío: nadie tiene seguro nada. Esta peculiaridad suele generar impaciencia y sensación de impotencia, y tiende a desacreditar al régimen democrático. No obstante, esta incertidumbre no ha sido pareja, no todos la padecen. Las élites políticas y económicas, muy estrechamente articuladas, se las arreglaron para mantener sus privilegios en el nuevo régimen de nuestro país: el tránsito a la democracia no frenó su usufructo de las rentas públicas ni impidió que capturaran muchas de las instituciones que se construyeron justamente para transformar el sistema corporativo y patrimonialista.

Este agravio esclarece, en buena medida, el seísmo de 2018. Cierto, el fenómeno no es exclusivamente mexicano. En casi todo el mundo las élites encontraron la forma de ganar permanentemente. Bien apunta Silva-Herzog: “No hay democracia donde siempre se impone un interés, donde siempre gana un partido, donde un grupo no corre nunca el riesgo de perder”. En nuestro caso, aunque cambiaron las siglas en el gobierno federal, del PRI al PAN, y viceversa –y el PRD como socio menor, en la nada desdeñable parcela política de Ciudad de México–, las élites corporativas fueron las ganadoras. Ello explica el desprestigio de ambos: de los partidos políticos y, por supuesto, de la élite económica.

Se trata de una élite que ha estado al margen de la política democrática, pero al mando de la política económica, que trasciende las fronteras nacionales, desde donde impone su imperio y domina los aparatos del Estado democrático. De esta manera, ha cumplido su propósito de ganar-ganar a costa de los otros mexicanos. En particular, para entender mejor la problemática, hago un paréntesis para referirme al predominio del capital financiero, más allá de arreglos obscenos de dinero y poder entre los políticos y los grandes empresarios en México.

El capital financiero ha guiado, en el ámbito internacional, la deslocalización de los procesos productivos (globalización de las llamadas cadenas de valor) y, posteriormente, ha estado detrás –como propulsor– de la implosión tecnológica, una de cuyas manifestaciones son las burbujas bursátiles, que trasforman cíclicamente al capitalismo, como atinadamente expone Carlota Pérez en su obra mencionada. Claro, hablo de la globalización. Y con ello no la descalifico: intento explicar este fenómeno que, si bien genera desasosiego y sufrimiento, cuando es guiado por la política democrática, por la pluralidad de intereses, puede arrojar enormes beneficios para todas las personas.

La globalización, guiada por las finanzas, ha causado otra herida a la democracia: las decisiones se toman en los centros del poder económico, ocasionando una especie de vaciamiento de la política democrática: los votantes de un país subordinado tienen pocas opciones. Este fenómeno hizo que los partidos y sus gobiernos practicaran casi siempre las mismas políticas económicas, con variantes poco significativas. Un golpe más a la representación política y a los partidos.

Al bloque de poder de las élites económicas –acompañadas por las elites políticas– se refiere Silva-Herzog al citar a Cornelius Castoriadis, quien lo llamó oligarquía liberal. En México y en otras partes se le conoce como neoliberal. En este cruce de caminos es donde aparece en escena el populismo como solución a nuestros males. En una futura colaboración abordaré este tema de la mano de este autor.

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